La Isla desierta (dinámica)

Seguramente hemos hecho muchas veces esta dinámica o juego: la isla desierta. Aquí presento una versión que he practicado con los alumnos, dejando de lado otras líneas de trabajo (¿Qué te llevarías a una isla desierta?) (¿Qué reparto de trabajos se debería hacer entre vosotros para sobrevivir en una isla desierta?)… La industria del entretenimiento también tocó este tema de supervivencia en una isla con toda su potencia visual, por desgracia, así que exploramos directamente Las ganas de vivir y el valor de la vida.

Has caído en una isla desierta del Pacífico. Estamos fuera de ruta, no vendrá ayuda.

Los primeros días fueron chéveres, chachis, magníficos. La isla es como un paraiso, pero pequeña, muy pequeña. Hay un buen riachuelo, pero escasea la comida y en pocos meses, con cinco personas en ella, se acabarán los cocos y las bananas. Poca pesca por los tiburones…

Hay un bote.

El que lo tome puede navegar mil millas al Oeste y probablemente encontrar ayuda. Le daremos veinte cocos, dos bananas y uno de los aparejos de pesca. Probablemente sobreviva (si no hay tifones…).

Los otros puede que mueran antes de que llegue la ayuda.

Preguntas:

  • ¿Quién es el apropiado para ir en la barca y salvarse el primero?
  • ¿Por qué?
Las fotos son efectivamente de una Isla, pero no desértica: son de Cayo Sombrero, en el Parque Nacional Morrocoy
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¡Dime algo!

En la pelicula “Cast Away” o “Naúfrago” (R. Zemekis, 2000), Chuck Noland, (Tom Hanks), un maniático del trabajo y la puntualidad, “naufraga” en una isla desierta. Durante cuatro años vive solo, sin nadie con quien compartir alegrías, penas o dificultades.
En medio de esta terrible soledad, Chuck pinta un rostro sobre un balón de VolleyVoll, al que da el nombre de Wilson (la marca del balón). Poco a poco Chuck va hablando con su amigo imaginario, explicándole su vida y dialogando… sin obtener nunca respuesta.

Cada uno de nosotros somos un náufrago en el Mar de la soledad. La necesidad de tener alguien con quien hablar es tan fuerte, que somos capaces de hablar a gente que no nos escucha.
Pero necesitamos respuestas. No podemos quedarnos con nuestros propios Wilsons, encerrados en los laberintos del monólogo. En lenguaje de náufragos, comunicarse no es “lanzar botellas con mensajes” a un mar real o virtual, esperando que alguno nos lea.
Es encontrar a un amigo que ha llegado a mi isla.

Cuando, en este mar de personas, encuentres un rostro y unos ojos que te miran, intenta preguntar y escuchar. Toma tiempo convertirse en nave de salvación el uno para el otro. Dale al otro náufrago la seguridad de no ser un simple Wilson inanimado, dale la oportunidad de compartir su vida, y empezaras a saborear el rescate de la tuya.

Ser Playa (Cuentos desde la Orilla)

Desde Cala Fanals.

El abuelo Yago era muy viejo y muy sabio.

Abuelo Yago,  ¿Cuál es el consejo más breve que has dado nunca?

¿El más breve? Mmmm -dijo, rascándose la vieja barba de marino- debió ser éste…: “¡Playa!”

“¿Playa?”

Sí, cinco letras fueron suficientes. Era una muchacha inteligente…

¡Cuéntanos como fue!

Bueno, veréis -empezó a contar el abuelo Yago con su sonrisa requemada por años de viento y sal – un día estaba yo arreglando las redes mi vieja barca cuando llegó una muchacha de la aldea que había tenido una terrible discusión con sus padres. Ella quería seguir estudiando con las misioneras y le acababa de llegar una beca con la que podía llegar a ser una gran doctora para curar a la gente enferma. Pero su madre le decía que dejara de ser una egoísta y soñadora, que ellos eran una familia pobre y acababan de tener otro hermano más, y la necesitaban para que ayudara a cuidar de ellos y hacer la comida en casa. Ella no quería renunciar a sus sueños así que se mantenía firme en su deseo mientras su padre le llamaba mala hija, y testaruda, y cada día las discusiones eran más grandes.

Esa mañana se había ido de casa dando un portazo, dispuesta a escaparse pero pensando también en renunciar a su beca para siempre. Entonces fue cuando, después de escucharla, le dije eso: “¡Playa!”.

Ella entonces se fue hacia la playa por el camino del acantilado. Era un día de marejada, y las olas se estrellaban furiosas contra las peñas convirtiéndo el agua en toneladas de espuma. Pero ella llegó hasta la playa, se sentó en la arena junto al mar y pasó mucho tiempo mirando las suaves olas jugando en la orilla. Y comprendió el mensaje.

¿Comprendió qué? Yago no nos lo dijo, sólo nos señaló el camino. Corrimos hasta la playa, no sentamos en la arena y miramos la pequeña bahía en que nos bañábamos tantas veces. Las olas llegaban suaves hasta la orilla, la arena se deslizaba con el agua, y el movimiento vaivén era lo único que no cambiaba con el tiempo.

Poco a poco empezamos a entender. En los acantilados, tierra y mar discuten simpre. La Playa es el lugar donde el Mar y la Tierra dialogan sin gritarse. El Mar lanza sus olas sin deshacerlas del todo, la Tierra las recibe y deja que la arena se adapte a las corrientes, y así llevan adelante un diálogo eterno que forma una orilla que es de los dos, un límite que es encuentro, donde los dos afirman lo que son sin darle la espalda al otro, acomodándose y moldeandose el uno al otro, dejando que el tiempo y la paciencia les ayuden a recuperar siempre el infinito equilibrio.

 

En tu familia, ¿tú qué eres? ¿isla de soledad, acantilado de contrastes, o playa de encuentros? 

El Abuelo Yago (Cuentos desde la Orilla)

Paisaje y Figura

Yago era el pescador más viejo y más sabio de la aldea. Nadie, ni él mismo, recordaba su edad, pero su rostro ajado por el viento y sus manos encallecidas por el trabajo parecían hechas de la misma substancia que los árboles enterrados en la playa y blanqueados por el Sol.

Durante muchos años, mientras en tierra se sucedían los gobiernos y cambiaban las leyes, él asumió la simple rutina de la mar: preparar barca y avíos aún a oscuras, salir a navegar al amanecer y durante horas y horas recorrer la costa arriba y abajo con las corrientes y las bancadas de peces. Día tras día la misma aventura, dialogando con las golondrinas y las nubes, aprendiendo el lenguaje de las corrientes y los vientos. Y así como su barca fue envejeciendo y cuarteando, así su vista y sus fuerzas se disolvieron en años y tormentas, hasta que ambos acabaron varados en la orilla. Entonces empezó su última gran tormenta, atravesar los mares de la impotencia sin ahogarse en la desesperanza.

Yago se mantuvo a flote tercamente. Aprendió el arte de ser menos sin dejar de ser él mismo, disminuido por fuera pero no por dentro. Intuyó que debía  navegar con el deseo,  disfrutar de las singladuras de lo otros y echar las redes en los recuerdos para traer al presente historias de grandes olas y pequeños héroes.Cada día buscaba a tientas su ropa, ceñía los alisios de la nostalgia y sondeaba nuevos caladeros de sabiduría y alegría: el Sol en la cara, el viento en el pelo, el aroma de la pesca atesorada en las barcas de jóvenes pescadores. Su figura y sus palabras se volvieron parte integrante de la barbacana del puerto, husmeando los vientos, saludando a los barcos que partían a la mar y enredando conversaciones con la particular sabiduría que dejan los años de mar y esfuerzo.

En honor de tantos ancianos que desde una vida humilde atesoraron las grandes riquezas de la vida.

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