Los patos güires que se creían gallinas

Esta historia se ha contado de diversas maneras (águilas y gallinas la más corriente). Yo  la cuento como la viví, llano adentro, a tres horas de El Samán de Apure.

En una finca de los llanos venezolanos, unos muchachos que exploraban un estero descubrieron junto al agua unos huevos de ánade, el pato güirire. Los papas recibieron con pena los huevos, pues un vez movidos ya no pueden devolverse al nido, y decidieron ponérselos a un par de gallinas que estaban empezando a empollar.

Efectivamente, a los pocos días nacieron los patitos y sobrevivieron gracias a los cuidados de sus madres gallinas y al maíz molido destinado a los pollitos.

Lo curioso es que, cuando crecieron y superaron en tamaño y fuerza a todas las gallinas, con su bello plumaje pardo y negro y su gran pico rojo… siguieron comportándose como gallinas: caminando todo el día alrededor de la casa, rascando la tierra reseca con las patas y comiendo maíz y gusanitos polvorientos.

Un día vieron volar por encima de la finca una banda de ánades silvestres, en magnífica formación, batiendo sus alas poderosas camino de los esteros. Algo se iluminó en su interior, sintiendo la fuerza del instinto dentro de sí, y los más atrevidos empezaron a agitar las alas…

¿Qué hacen, insensatos? Les gritaron los patitos prudentes.
Pues, bueno…. ¡eso! Volar, queremos volar, eso es lo que realmente queremos.
No sean tontos – les respondieron los patitos prudentes – ¡Todos sabemos que las gallinas no podemos volar!

Pregunta: ¿No sientes dentro de ti unos enormes deseos de cosas distintas, de mayor libertad, de aventuras reales? ¿No será que tú también estás hecho para dejar la vida gris y volar por los cielos infinitos?

Su clase era como una hallaca

Aquella maestra se jubilaba en medio del respeto y la admiración de profesores, alumnos y generaciones incontables de exalumnos que la recordaban con agradecimiento.

En el acto de homenaje, la pregunta obvia que le hicieron fue:
Maestra, ¿cuál fue el secreto de su éxito como maestra?
Ella, sonriendo a los que le miraban, explicó:
– Bueno, yo al inicio pasé dos años con dificultades para hacerme con el grupo: o bien era demasiado estricta, o demasiado indulgente. O bien ponía demasiados ejercicios o daba demasiados ejemplos. Pero al tercer año, con un grupo bien difícil, se fue creando la magia, ese ambiente de conexión y trabajo alegre tan difícil de conseguir.  Y entonces, justo antes de Navidad, un alumno que normalmente se la pasaba distraido y sin trabajar, me dijo esto: “maestra, su clase me ha gustado mucho, su clase ha sido como una hallaca
– Ese año reflexioné mucho mientras cocinaba las hallacas con mi familia. Al volver empecé a aplicar la combinación de la hallaca y me di cuenta de que esa era la fórmila justa para cocinar el aprendizaje.
– Y ahora les dejo a ustedes este secreto: hagan de cada clase una hallaca, una exquisita combinación de sabores y alimento.

  • En el centro de una buena hallaca está el guiso formado de muchos ingredientes: carnes de distintos tipos, con aderezos salados y dulces, grasos y secos. Así deben ser las clases, alimentar la educación con conocimientos humanistas y de ciencias, cotidianos y extraños, sencillos y complicados, pero todos cocinados juntos con mucho tiempo, en un único producto.
  • El guiso está depositado en una envoltura de masa de maiz, que debe adquirir el sabor del guiso sin remplazarlo. Una buena hallaca tiene poca masa, la justa para abarcar todo el centro. En la clase los ejercicios, la repetición, el trabajo en el cuaderno, los informes, los exámenes, son necesarios para el éxito, pero deben ser sólo los justos para no cansar ni convertirlo todo en un bollo pelón.
  • El conjunto se cocina envuelto en una hoja de plátano. La hoja no se come ni alimenta, pero es esencial para mantener el conjunto ligado y que se cocine con el sabor adecuado. La clase se da en un ambiente académico de salones, instalaciones, horarios, programaciones… No son objeto de aprendizaje, pero sin ellos no se podría cocinar la clase con su genuino sabor.
  • Por último, cada hallaca se ata con un cordel que tiene como misión sujetar para que todo esté en su sitio durante la cocción y el servicio. Igualmente, la clase viene ligada con unas pocas normas, las suficientes para que guiso, masa y hoja ocupen su sitio. Cordel y hoja no deben ser las protagonistas de la fiesta, aunque sean las únicas que se ven cuando nos regalan hallacas o se sirven sobre la mesa.

¡Que disfruten del banquete educativo!


NOTA: (Las fotos son de la mejor receta – o manual de hacer hallacas – que conozco en Internet )

Soy un héroe… (juego de rol)

EN LA TRINCHERA DE RAS LANUF
desert landscape
… salté con todas mis fuerzas a la trinchera mientras agarraba la bolsa con las herramientas. Las balas trazadoras ¿aliadas? ¿rebeldes? ¿del gobierno? silbaban por todas partes e iluminaban la negra noche mientras tronaban las ametralladoras pesadas. Después del último fogonazo tardé un minuto entero en moverme y mirar: habíamos llegado a la última trinchera por encima del pueblo. Afuera, en la colina, se veía a unos trescientos metros la silueta del depósito de agua, con su caseta de bombeo, nuestro destino tras cuatro horas de avance en medio de los ejércitos que allá abajo se disputaban la carretera mientras el pueblo recibía balazos y moría de sed tras cinco días de combates.

Miré. Yo,Jairo había llegado el último, un técnico de pozos petroleros de Venezuela atrapado en una guerra que no era la mía. A mi lado Yasuf, el maestro del pueblo, ayudaba con la caja del botiquín a Yara, la enfermera local que se había empeñado en acompañar a la expedición. Más lejos vi a Jhon, el fotógrafo yankee que todavía seguía haciendo fotos a pesar de que nos ponía en peligro con los destellos de su cámara. La quinta en la expedición era Laila, una tuarej de los desiertos interiores cuya tribu había sido masacrada por los soldados de Gadafi, y ya se había mostrado eficaz y sanguinaria en luchar contra el régimen. Los otros dos miembros de la expedición, el mecánico de la estación de bombeo y un pastor de cabras que conocía la zona, no aparecían. Ojalá estuvieran sólo perdidos o heridos…
sunset

Nos quedaban cinco horas antes de que, a media noche, como acordado, encendieran las hogueras allá abajo para llamar la atención. Entonces debíamos hacer el último trayecto corriendo campo abierto, conectar la estación de bombeo y salvar a los dos mil habitantes del pueblo de una terrible muerte por sed en medio de ese desierto. Eso si es que el pozo estaba intacto y las electrobombas hacían su trabajo…

Nos acomodamos en la vieja trinchera. Había tiempo para hablar y empezamos a contarnos nuestra historia: ¿qué te trajo hasta aquí? ¿y porque estás dispuesto a morir dentro de un rato con una pequeña Por eso nos pusimos a pensar: ¿porqué te hiciste voluntario de esta locura? ¿cuál es tu historia?

Fotos: (CC, Creative Commons) tomadas de la galería de Desierto de “Mis_Ohara” en Flickr: http://www.flickr.com/photos/miss_ohara/with/2830868507/

 

Uso pedagógico: Los alumnos, en clase de ética, asumen uno de los cinco roles de la historia y los hace suyo explicando a los otros los motivos y condiciones bajo las que estarían dispuestos a perder su vida por intentar salvar la vida de mil personas. En una segunda fase escriben una carta a su familia explicando su decisión, por si acaso.

En una tercera fase se puede dejar fluir la acción mediante reglas de los clásicos juegos de rol.

Secretas intenciones

Un padre de familia con una muy justificada fama de despistado y despreocupado, consiguió recordar y programar con tiempo el cumpleaños nº 15 de su hija. Quería darle una fiesta sorpresa, aprovechando además que toda su familia pensaba que seguro que se olvidaría.

Durante la semana previa contrató un conjunto musical, un servicio de comidas de fiesta y un bonito collar. El día del cumpleaños, muy emocionado por todo lo que había preparado, cuando le dijeron si sabía qué día es hoy, se hizo el despistado y contestó que viernes, que normal.

A las cinco de la tarde se reunió a la vuelta de la esquina con los músicos, los cocineros y el de la floristería que traía el ramo. Ese hombre estaba emocionadísimo pensando en la sorpresa que iba a dar a su hija y a toda la familia. Con mucho cuidado entraron en la casa por la puerta de atrás, se prepararon, y finalmente avanzaron hacia el salón al son de las mañanitas…

…Pero allí no había nadie. ¡Nadie! Sobre la nevera, una nota solitaria:

Papá, Mamá me lleva al cine para que no siga enfadada contigo porque TE HAS VUELTO A OLVIDAR DE MI CUMPLEAÑOS”.

¿Porqué es importante ser sincero?

¿En qué situaciones justificarías tener “secretas intenciones”?

La verdad nos hará libres… (Jn 8, 32)

¿Cuál es tu disfraz?

Un papá entusiasta, a pesar de ser tiempo de carnaval, se ofreció a llevar en la camioneta al equipo de su hijo a jugar a fútbol. El partido se celebró con una intensa lluvia, y los once pequeños quedaron completamente cubiertos de barro… y de goles.

Al atardecer, ya de vuelta, agotados y sin haber almorzado, ven a la entrada de la ciudad una gran fiesta de disfraces. Van entrando los grupos de pitufos, los de vikingos, varias rapunzeles y otras princesas… y al papá se le ocurrió entonces un truco para merendar gratis. Bajó a todo el equipo, llenos de barro y con las botas guayos con los tacos, y se fueron por la puerta principal.

  • Y ustedes, ¿de qué van vestidos?

  • Vamos disfrazados de equipo de fútbol

  • Ah, Ok, ya veo… ¡adelante!…

La gente que no te conoce confunde tu vestido con el disfraz, y tu disfraz con el vestido real.

¿Eres capaz de descubrir cuál es tu disfraz? Es aquel que refleja por fuera lo que no eres por dentro.

Llevar máscara es disfrazar tu apariencia para que no sepan quien eres… o qué piensas.

Reconócelo: no estaría nada mal quitarse una o dos caretas: ser un poco más libre, no aparentar eso que no sientes ni eres.

El peor disfraz es que debes llevar obligatoriamente ante los demás: de buena gente, de buen hijo/hija, de…

Carnaval debería servir para ir un día al año sin antifaz, decirle a la gente lo que uno siente, mostrarse como uno es. Quizás después no nos pondríamos más.

Yo soy… (cuento de carnaval)

Una vez convocaron a la gente más distinguida de la ciudad a una gran fiesta de disfraces. Después del baile dieron los premios a los disfraces más vistosos y originales, al grupo más coordinado y al disfraz más extraño.

Sólo quedaba el premio absoluto al mejor disfraz. La gente aguardaba llena de emoción. Los presentadores anunciaron: “…Y el ganador absoluto es…”

¡Tchaaan!…. ¡La señora de la esquina!

Los focos se concentraron en una señora vestida de personal de la limpieza, con su toca y su delantal, que llevaba un aspirador en la mano.

La señora empezó a hacer signos de modestia, rechazando con la mano, pero los ayudantes la trajeron casi a la fuerza al estrado.

  • ¡Díganos, señora, ¿cómo ha conseguido un disfraz tan excelente? Parece tan, tan… ¡auténtico! Y tan original: disfrazarse de señora de la limpieza…

  • Bueno… – dijo cuando le pasaron el micrófono, – ejem.. yo… ¡yo soy la señora de la limpieza!

 

Si aceptas tu papel, Dios te insertará en su Obra (Capitel de la Anunciación en San Juan de Ortega, Burgos)

Muchas veces confundimos la realidad con la imaginación, el disfraz con el vestido ordinario.

Un disfraz es una ropa o una máscara que me hace parecer algo que, en realidad, no soy.

Mi manera de hablar, de dirigirme a mis padres o a mis maestros… ¿no son un disfraz? Mi manera de vestir cuando me pongo mi propia ropa, a mi manera… ¿no es más bien un disfraz de lo que quiero ser ante los demás?

Los detalles de moda, las pulseras, los reflejos en el cabello, los “piercings” , ¿no es sospechoso que los desee al mismo tiempo que otros cientos de miles? ¿Cómo es eso de que me lo pongo sólo porque me gusta a mí?

Estos días de carnaval, aprovechemos para disfrazaros de piratas, de princesas o de capitanes,… pero no nos disfracemos más de nosotros mismos.

 

Amor docente

Un joven maestro de escuela primaria del Tibet entró en el Monasterio budista dispuesto a seguir las enseñanzas y superar las pasiones que le ataban a lo imperfecto del mundo. Como había sido buen maestro, el abad puso al joven monje al frente de la escuela del monasterio. Siendo una escuela prestigiosa, el monje asumió la tarea pensando encontrar alumnos aventajadísimos, pero en apenas una semana volvió a la presencia del abad, agotado y descompuesto, suplicando que le cambiasen la tarea.

  • ¿Qué pasó? – Dijo el abad – ¿porqué quieres renunciar?

  • Padre mío, los muchachos que me encargó no saben nada, a pesar de estar en la escuela del monasterio son rebeldes y alborotados, y al intentar enseñarles entro en conflicto y me altero mucho, me siento molesto y paso el día entero luchando para hacerles entender la importancia de aprender nuestras enseñanzas! ¿Cómo es posible que el Monasterio tenga alumnos tan ignorantes?

  • Verás, Joven amigo, hace dos años murió el antiguo maestro, y pusimos al frente de la escuela a un monje muy santo: se mantuvo en paz en medio de los alumnos, sin que nada le alterase, por lo que los alumnos dejaron pronto de preocuparse por el acierto de sus tareas y el progreso en los estudios. Al año siguiente, viendo el desastre, pusimos al frente a un maestro de fuera, muy estricto y cumplidor, que los mantuvo trabajando con gran disciplina… pero como no sabía ni practicaba las Santas Enseñanzas, los alumnos aprendieron sólo a hacer tareas sin sentido….

El abad calló unos minutos para que el joven monje reflexionara, y añadió:

  • Por eso, querido amigo, se te confió la escuela: porque te interesan tanto las las enseñanzas como para buscar tu propia paz, pero te interesan también los niños como para perderla por ellos. Vuelve a tu escuela y mantén con ellos el equilibrio que sólo tú encontrarás dentro de ti.

A %d blogueros les gusta esto: