Zona de guerra, zona de paz

Una vez, hace no mucho tiempo,  había un valle escondido en las montañas, de buenas tierras y limpios riachuelos. La gente vivía feliz cultivando maíz y criando animales. Era casi un pequeño paraíso, excepto por un pequeño detalle: los políticos habían puesto la frontera entre dos países por en medio del valle y discutían por el derecho a la totalidad del mismo ante los indiferentes pobladores del valle.
Un día, con tantas armas y patrullajes, a un soldado se le disparó un tiro y mató una vaca del otro lado:
¡Es una provocación! Dijeron los políticos – ¡Es intolerable!, dijeron los generales, y se declaró la guerra. Reclutaron a los campesinos, les pusieron fusiles en las manos y cascos de acero en la cabeza, y los nombraron “soldados”. Durante un mes entero, en vez de arar los valles y recoger el maíz, se dedicaron a disparar morteros y lanzar granadas a los antiguos vecinos del otro lado de la frontera, porque se había declarado el valle zona de guerra.
Mientras los generales estudiaban mapas y daban discursos, los habitantes del lugar sufrían al ver cómo sus familias, especialmente sus hijos, quedaban en medio de los disparos y bombardeos de ambas partes. Un día un soldado sugirió dejar una zona de paz para las familias de unos y otros, y pelearse en el resto de la frontera. Levantaron la bandera blanca, se reunieron con los soldados del otro lado, y quedaron de acuerdo en dejar una colina remota que quedaba río arriba, una mitad en cada lado de la frontera, como zona de familias, hacia la que nadie dispararía.
Al día siguiente cuando el general ordenó el despliegue para atacar esa colina donde se veía mucha gente, los soldados le dijeron respetuosamente que no se iba a disparar ni un solo tiro en esa zona. Lo mismo pasó con los otros soldados, por lo que se fueron a pegar tiros río abajo lejos de sus hijos y familias.
Dos semanas más tarde, era evidente que la zona de guerra era inmensa y que la zona de paz era muy pequeña. “Además, dijo uno, mañana nos han dicho de ir donde sembramos papas y moras, y es una pena perder la cosecha. ¿porqué no extendemos la zona de paz un poco más para que puedan cosechar, y nosotros nos vamos río abajo?”
Al día siguiente pasó lo mismo con un campo que tenía el maíz creciendo muy bien. “Nada de tiros aquí,- declaró un muchacho –  que esto es de mi tío: “¡que sea zona de paz!”. Al día siguiente decidieron mover todavía un poco más la zona de paz, porque no era plan destrozar el potrero del señor José. Al día siguiente extendieron la zona de paz doscientos metros más allá, para salvar un melonar muy bueno…
Tres meses más tarde, los generales de los dos ejércitos tuvieron que contentarse con enfrentarse a golpes en la zona de guerra que les dejaron los soldados: una era desierta de piedras y espinos de quince metros de ancho.
Nadie del pueblo se preocupó de saber quién había ganado. Solo movieron al día siguiente la zona de paz unos pocos metros más.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: